El sillón de los sueños

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 – Se murió Don Jaime – me atajó el Secretario del Club con voz grave, recién nos avisó el hijo. Yo era Presidente de un Club de Fútbol, humilde y orgulloso, de una ciudad chica del sur de la provincia, cerca de Médanos y Bahía Blanca, que se llamaba, pretenciosamente, Barcelona; y Don Jaime era – o por lo visto había sido – el canchero.

Podría decirse que esta historia empieza ese día, o en realidad el siguiente, cuando en la reunión de comisión de los martes, aún todos sumidos en la conmoción y la pena, se presentó una persona ofreciéndose para cumplir las funciones vacantes de encargado y canchero; era un hombre singular, chiquito, de rostro enjuto y arrugado, que decía poder suplir a Don Jaime, y que como rasgo curioso vestía un viejo y deslucido traje violeta.

Me llamo Cristino y creo que puedo con el trabajo dijo; también contestó brevemente algunas preguntas, – debo aclarar que no tengo documentos – agregó sin mayor entusiasmo. Tras una rápida deliberación se decidió darle la oportunidad; estaría encargado, como el finadito, de la utilería, de pintar cada tanto las líneas de la cancha, lavar las camisetas azules y demás labores habituales de la cancha del Barcelona. Nunca supimos de donde venía, algunos lo creían del norte, otros lo hacían Uruguayo.

En poco tiempo se vio que Cristino desempeñaba sus tareas con eficiencia, todo estaba ordenado en el vestuario y el nuevo canchero cumplía con diligencia las instrucciones que se le impartían. Cristino nunca salía del Club, dormía en la pequeña habitación pegada al vestuario local y pasaba sus descansos en un sillón de mimbre con grandes almohadones amarillos que estaba en un rincón y parecía ser su único bien terrenal. El viejo hablaba poco pero su decir era siempre sobrio y medido; solo se recordaba una impensable irritación y hasta alguna grosería cuando alguien, no sin malicia, insinuó que Cristino visitaba a Doña Fulvia, una coqueta viuda que vivía en un chalecito sencillo frente a la cancha del Barcelona.

Pasaron los meses y pasaron los años, el Barcelona descendió en el ochenta y tres y volvió en el ochenta y cinco, y Cristino, que cumplía veinte años en el Club, había acuñado un cariño profundo y definitivo con todos; muy viejito y arrugado, con los ojos marrones casi perdidos en las gastadas ojeras, había descuidado – sin reproche de nadie – sus tareas, y pasaba la mayor parte del tiempo en el ya desvencijado sillón de mimbre con almohadones amarillos; su último y patético refugio.

 Así las cosas, en el domingo siguiente que jugábamos como visitantes de Alem, cerca de Bahía Blanca, convenimos dirigentes y jugadores que a la vuelta del partido iríamos de sorpresa a la cancha para ofrecerle al viejo el demorado homenaje de afecto que largamente merecía.

Empatamos en cero y volvimos en el micro y tres o cuatro autos, pasando a buscar unas empanadas, unos cajones de vino y algunas otras vituallas que se habían encargado. Entramos alegremente a la cancha y ya en el vestuario nos enfrentó impiadosamente el drama. Postrado en el sillón de mimbre, casi perdido entre los almohadones de un amarillo nunca tan triste, yacía Cristino, con los ojos cerrados, pálido e inmóvil, con expresión indescifrable en el rostro sereno, como tantas otras veces pero ahora en una inútil perfección de frío y de silencio.

– Está muerto – dijo con voz apenas audible y el rostro inundado de lágrimas Agustín Vedia que había llegado unos minutos antes. Algunas hilachas del último sol de la tarde acariciaban tiernamente la figura estática de Cristino y el sillón de los sueños.

Como Presidente del Club y junto a los jugadores y a la gente del barrio nos encargamos de todo. El enfermero de la vuelta se ocupó de acicalar a Cristino minuciosamente y de vestirlo con el ajado traje violeta, y en un decoroso cajón de cedro que compró el Secretario lo velamos en el sencillo patio del Chalet de enfrente, que no dudo en ceder Doña Fulvia.

Casi a la medianoche seguían llegando, acongojados, los que se habían enterado más tarde; el último fue el pulga Rocha, que se abrazó al cajón como para siempre mientras los sollozos se perdían entre las madreselvas. Horas después, la claridad de la madrugada empezó a iluminar el humilde patio de tierra, eran las siete. Algunos llegaban, otros ya se habían ido, varios dormitaban en los rincones, y el cajón de cedro se mostraba vacío e inútil. Cristino había desaparecido, y los que poco antes reflexionaban sobre el destino de su alma empezaban aún perplejos a preguntarse por el destino de su cuerpo.

Primero la sorpresa ante el prodigio fortuito e inexplicable, después el asombro – y hasta el miedo – nos ganaron a todos; y también a los que iban llegando para el entierro que se había previsto para las once. El enigma sumaba a nuestra pena una angustia intolerable. Después de unos minutos de total desconcierto alguien sugirió cruzar a la cancha; allí nos dirigimos, presurosos y embargados por la incertidumbre. Entramos por el portón y después al vestuario local; hundido en los almohadones amarillos del sillón de mimbre estaba Cristino, los ojos cerrados y la piel como de cera.

Furtivamente hicimos un círculo a algunos metros del viejo sin animarnos a dar un paso más. Pasaron algunos segundos que parecieron horas, los rumores augurales del nuevo día que se filtraban desde la calle contrastaban con el silencio y la inmovilidad de todos en el vestuario. La escena era casi espectral y parecía infinitamente fuera del tiempo.

De pronto, Cristino abrió los ojos, y mirando directamente al Hormiga Sosa, que estaba adelante, le dijo – El domingo no me diste la camiseta, no te quejes cuando no está limpia; después, trabajosamente, se acomodó un poco entre los almohadones amarillos, y mirándome fijamente y en voz más baja apenas susurró – Que lo parió Presidente, anoche soñé que me había muerto -.

Julio César Lifsichtz

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