A veces una noticia nos sorprende y nos cambia la vida. Y, como parafrasea el autor, la vida es un arco iris que suele incluir el color negro. Aquí el protagonista (cualquiera de nosotros) intenta conjugar todo el espectro cromático y lograr la ansiada luz blanca, para que lo ilumine en asimilar un límite umbrío e inesperado.

Distantes Campos de Marte

“La esperanza y el miedo son inseparables”

Francois de La Rochefoucauld

Dejó de lado los pensamientos perentorios del día cuando bajó del colectivo en la esquina de Marcos Sastre y Cuenca. El hombre había sobrellevado bastantes preocupaciones durante un tiempo, de modo que esa mañana fue inclinándose poco a poco al confortable desempeño de permanecer indiferente, automatizando los movimientos necesarios para llegar a destino. Transcurría el segundo jueves de agosto de un insípido año, con lluvias copiosas y frío, aunque inesperadamente desprovisto del rigor acostumbrado. Pero, la infaltable humedad de Buenos Aires, se había enclavado tan repetida como incómoda, sin dejar resquicio para el buen ánimo.

Observó la plaza Aristóbulo del Valle y carraspeó largo dos veces, hasta suavizar su garganta. Caminó intuitivamente. Observó algunas vidrieras sin convicción y luego alzó la mirada para verificar la altura de la calle en los números de las fachadas. Retornaba al encuentro del consultorio donde le informarían el resultado de la biopsia tomada de sus vías respiratorias, días atrás. Bastante lejanos quedaban los accesos de tos que llegaron a exteriorizar algunas gotas de sangre evidenciadas en el pliegue del pañuelo y en el agua del inodoro; pero de súbito destelló en su memoria que el doctor lo había aliviado mediante un tratamiento que resultó efectivo. Arribado a destino, ingresó a la antigua casa de la calle Argerich. Atravesó el zaguán y la puerta cancel, agitando las campanillas que anunciaron su llegada. La joven secretaria le efectuó las preguntas de rigor y el hombre se dispuso a esperar sentado en el sillón que marcaba la bisectriz del rincón opuesto a la puerta del consultorio.

Sosegado en esa esquina de la amplia sala, fue posando la mirada en cada detalle de cada cosa y en cada persona que esperaba; la gruesa mujer de múltiples várices, los jarrones de cerámica marrón sobre el mármol del cristalero, los crisantemos arreglados en el florero de vidrio verde, los críos haciendo barullo alrededor de la madre incólume, los gráciles movimientos de la diligente secretaria. De ella, el hombre se llevó su tono de voz y nada más. Ni siquiera el contenido de lo que le dijo después, cuando el doctor le habló de su afectada salud. Mientras tanto se recreó de su propio silencio, siempre tan pertinente para la elaboración de ideas; se deleitó con algunas ideas de futuro y ciertas comodidades del presente, hasta que su pensar fue ideándose ya casi sin peso específico, cargándose de diálogos interrumpidos, de respuestas incompletas, de torpes evasivas a indecisiones recurrentes. Así fue lucubrando a través de los minutos, arrellanado en el sillón de cuerina marrón.

Una tras otra, sus elementales certidumbres fueron cumpliéndose taxativamente. La puerta del consultorio debía abrirse y se abrió, su apellido debía nombrarse y entonces fue llamado. Después, el hombre escuchó esas palabras y acto seguido cayó una gota de silencio sobre su incipiente perturbación, una turbulencia que precipitó su instinto y dispuso un orden apremiante, en donde cosas, sujetos y entidades se fueron jerarquizando urgentes, antes de todo, antes que nada, antes de los inmediatos nuevos silencios, antes que parpadeasen nuevamente sus ojos. Lo construido, lo derrumbado, la vida. Todo lo que pudo recapitular en esos pocos instantes frente al galeno se esfumaba. Segundos después asomaron, desordenadamente, algunos sueños fragmentados, aquellos que quedaban incompletos o estaban casi sin empezar. Y entonces, aún con los ojos abiertos, percibió imágenes refulgentes de un pendiente mayo parisino sobre el césped de los Campos de Marte; y enseguida, al cerrarlos, discurrieron crepúsculos sureños de belleza inigualable, ocasos sobre el ripio casi virgen que raya la tierra y el cielo del inacabable horizonte patagónico, sobre la ruta cuarenta. Por último, un potente flash desdibujó escenas aisladas de un consumado abuelo conduciendo a su nieto a la calesita de la plaza de Campana y Baigorria.

Después, la turbación le cedió un respiro y pudo rehacerse. Observó a su alrededor y comprobó que ya no estaban la gruesa mujer ni los críos con su madre impasible. Sólo estaba él con su silencio y de pie. La joven secretaria le dedicó, cortés, una sensitiva mirada. Intuyó entonces que era el momento de irse.

El hombre guardó el informe en el bolsillo del saco y provocó un nuevo tintineo al abrir la puerta cancel. Salió por el zaguán a la calle de un mundo que no era el mundo sino una creación descompaginada, dislocada por contradicciones profundas, se halló a contramano de la cronología del resto de la humanidad que, en ese mismo momento vivía en el otro mundo, en ese otro trivial mundo que cualquiera conoce y al que comúnmente se lo refiere como la realidad.

Su integridad fue atrapada abruptamente y sumergida en la rapsodia del terror hasta llevarlo a la consternación y el abatimiento. Su traspié había comenzado un rato antes, cuando el cielo se soltó de sus agarraderas y cayó hacia la tierra hasta aplastarlo, cuando la secretaria le entregó el informe, ese que decía por escrito lo que el doctor le había dicho concluyente y serenamente, cuando hizo un corto silencio y carraspeó largo dos veces, hasta suavizar su garganta.

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