Alguna vez Rodolfo Walsh habló del compromiso de dar testimonio en tiempos difíciles. Vaya si los eran aquellos tiempos en que el reconocido periodista exponía su vida con sus “verdades”. Decía entonces que creía con igual ingenuidad que firmeza, que todo ciudadano tiene el derecho de divulgar la verdad por peligrosa que esta sea. Eran años donde la Argentina y buena parte de Sudamérica, vivían las etapas más oscuras de su historia contemporánea. Con una sociedad dividida, con periodistas que fueron perseguidos por el terrorismo de Estado al mismo tiempo que otros escribían sus artículos mientras se los dictaba un coronel. El triste escenario de esas décadas en las que tanta sangre se derramó en las luchas por las libertades y por la Democracia, debió dejarnos enseñanzas muy claras para no volver a cometer los mismos errores del pasado. Existen enormes distancias con la actualidad y aquellos días. Pero tan solo la introducción pretendía hacer hincapié en ese concepto de dar testimonio en tiempos difíciles. Porque la Argentina ha vuelto a vivir momentos muy angustiantes, en los que nuevamente la sociedad se divide, se degrada, se desgasta, se torna violenta e intolerante. El rol de los medios de comunicación aparece en esa escena y de acuerdo a los intereses de cada empresa, enfoca la realidad donde sus lectores, televidentes u oyentes, esperan que se ponga. Cada uno desde su perspectiva. Está claro que los medios de prensa se deben un profundo debate sobre su rol en estos tiempos difíciles. Por circunstancias diversas. Porque somos muchas veces los mismos comunicadores los que socavamos a otros  colegas y más allá de cualquier discusión de contenidos la cuestión es conceptual. Se pone en peligro la credibilidad de la prensa en su conjunto y con ello se bastardea el mayor capital que tiene un medio de comunicación. Claro que en ese debate no puede faltar preguntarnos ni siquiera como periodistas, sino como sociedad, lo que se pregunta el “Nano” Serrat en alguna de sus canciones: “a quién sirven cuando alzan las banderas”. La historia terminará juzgando esas cuestiones, aunque a veces tarde. Ahora lo que no se puede admitir es que pretendamos que los pensamientos, las opiniones, o las expresiones, se parezcan más a lo que nosotros pensamos que a lo que no queremos escuchar. Es también un signo de intolerancia intentar deshilachar la posición de un medio desde la descalificación. Las verdades se defienden con argumentos válidos, veraces, fácticos. Entonces deberíamos comprender que en cualquiera de los casos las “batallas” (si se permite el término), deben darse con argumentaciones que le permitan discernir a la sociedad, quién le está hablando y desde dónde lo está haciendo. Nada justifica intentar que algo se calle a través de la violencia. Eso merece el repudio más enérgico y no habrá argumentos posibles que nos puedan hacer pensar que es diferente. Este 9 de julio nos ha dejado un amargo sabor, no como periodistas, sino como parte de la sociedad. Los medios de prensa, los periodistas con sus más y su menos, somos parte de ella. Creer que es un acto de valentía y justicia agredir a quien piensa diferente es un error, un error grave. Nada, absolutamente nada justifica la violencia. Una conductora televisiva alguna vez le preguntó a una mujer golpeada qué había hecho para ser maltratada, como si algo justificara que cualquiera puede ser merecedor de una golpiza porque ha hecho algo que molestó a otro. Este 9 de julio dejó esos rasgos de intolerancia tanto en la Ciudad de Buenos Aires con un medio afín al Gobierno y en Mercedes con un comunicador de un portal que cuestiona al poder local. Cada hecho en particular tiene sus connotaciones, pero en ambos casos se revela con claridad una situación que a todas luces merece ser repudiada. Todos, absolutamente todos, tenemos derecho a manifestarnos sin temor a sufrir castigos o ser hostigados. Pero también todos, absolutamente todos, tenemos que asumir el compromiso de recuperarnos como sociedad, para defender nuestros derechos que nos permitan afianzar un sistema democrático donde se imponga el imperio del respeto y el pleno goce de la libertad. Caso contrario podemos exponernos a tener que dar testimonio en tiempos difíciles.

(De la redacción)

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