“Detrás de cada uno de nosotros existe un pasado y desde el lugar en que nos ubiquemos para interpretarlos, serán o no historias, serán o no datos, serán o no pasajes o momentos de la vida. Para hoy se me ocurrió contar un poco de las historias de dos personas distintas, con colores distintos y hasta propuestas distintas, pero dos historias al fin…”.

Entre leones…se encontró el camino…!

Había transitado su vida siempre trabajando en lo suyo, pero el horizonte era simplemente el de una persona “normal”, trabajar para vivir, pero no más que eso. Su obsesión “el servicio”, aunque el desafío era casi utópico. Yo, que abuso de lo autorreferencial, lo hago nuevamente ahora. La vida me hizo papá el 28 de mayo de 1977, es decir hace ya 43 años y entonces, el 6 de agosto, Ezequiel fue bautizado por el Padre José Francescutti en la Parroquia de San José. La idea era tener luego, una reunión familiar que concretamos en casa de mi padre.

Para entonces llegó de Bahía Blanca, mi hermano Edgardo con su esposa y sus tres hijos, para asumir el padrinazgo. El tema era qué hacer para el servicio y hablé con Jorge Anús, que ya andaba haciendo ese tipo de cosas con esmerada dedicación desde hacía un tiempo. 

Generoso como lo sigue siendo, Jorge se puso a mi disposición y cumplió con creces la propuesta, tanto que los bahienses se fueron al día siguiente con restos de las exquisiteces servidas en casa. Tengo dando vueltas, un fílmico que contiene imágenes de ese día, de la ceremonia por supuesto y la reunión donde se lo ve a Jorge de elegante atuendo y moño además de su abundante cabellera.

Eso no es más que una vivencia propia y de mi familia, pero cierto es que la vida le fue dando chances que supo entender y aprovechar y de a poco su nombre y prestigio crecieron incesantemente hasta la actualidad, pero el gran momento llegaría en noviembre de 1986, en ocasión de una de las anuales fiestas del Club de Leones en los Salones del Club Mercedes en la que se presentaban sus nuevas autoridades. Era una de las tradicionales fiestas de la ciudad y los salones se ornaban de la mejor forma con todo aquello que era imprescindible con shows de altísimo nivel, decoración, DJ, la maravillosa araña que vestía el lugar y hoy luce en la confitería, en fin todo de lo mejor. Ese año con 230 invitados, cosa que se ha repetido por más de 20 años, iba a ocurrir algo que quiero contarles y que Jorge me relató alguna vez. Durante la gala, Raúl Traverso, se le acercó y le comentó, palabras más, palabras menos en que su inmobiliaria tenía la oferta de venta de la propiedad de Higinio Larrea, nada menos que la de calle 20 entre avenida 29 y calle 31. Tras ese comentario, Traverso le dijo algo así como –vos la tenés que comprar para tus eventos – y Jorge quedó absorto. Era muy difícil concretar algo, pensó, pero en su mente quedó la idea. Lo cierto es que ese lunes siguiente a la fiesta, Raúl (Traverso) se propuso juntar a las partes para comenzar a negociar lo que para Jorge era casi una utopía ya que se estaba en plena hiperinflación y cualquier  cálculo era irreal.

Ahí es que según Jorge, se profundiza la acción de amistad de Raúl que comienza a gestionar distintas salidas y opciones lo que no era fácil en verdad. Fueron momentos de ilusión mezclados con impotencia que se fueron concretando gracias precisamente a Traverso. El trato de pago en cuatro cuotas en ese momento era algo impensado pero se dio. Allí nacía entonces el proyecto de lo que es desde ya años, el salón de recepciones que también es orgullo de nuestra gente de la ciudad.

Jorge luchó denodadamente para llegar a la apertura de ese lugar, luego de las enormes y trabajosas obras de remodelación y puesta en marcha de las viejas instalaciones. Curiosamente también, Jorge y Mercedes fueron padres de Sebastián, justamente cuando se concretaba la compra del predio y su hija Lucía llegó en fecha próxima a la inauguración de los salones. Será que vinieron con el pan bajo el brazo o la “bandeja” para mejor decir.

Desde ese tiempo en adelante, se han organizado fiestas de casamiento,  y hubo que programarlas para “cuando Anús diga…”, ya que las reservas de fechas se han debido hacer con mucha anticipación, a veces hasta años. Jorge y su gente han llegado a atender 5 (cinco) y no es un error, fiestas la misma jornada y su fama que trascendió la ciudad, nos permitió recibir también gente de fama y renombre.

En lo particular y más allá de reconocer en Jorge Anús a la persona que ha luchado para lograr éxitos, quiero destacar su enorme generosidad y su estilo noble y de perfil bajo. Soy uno de los que lo respetan y admiran.

Mi viejo Raúl…!

Abusando de las licencias que suele darnos nuestro trabajo, hoy quiero rendir homenaje a la memoria de mi viejo, sin pedir permiso porque su derecho es más que suficiente. Nació, según parece, el 6 de enero de 1914 y fue dejado en la Casa Cuna de Buenos Aires, pero aunque su destino sería el de los niños expósitos, estigmatizados de por vida, él fue anotado con el apellido que llevo y heredé, simplemente por un acto de amor de una monja del hospital, que eligió  de ese modo protegerlo. En su primera niñez teniendo menos de 5 años, llegó a Mercedes y lo internaron en el “Asilo Martín Rodríguez”. Aquí conoció el rigor tan propio de aquellos años, con celadores estrictos y castigadores, aunque papá nunca se refirió así a ellos, porque además nunca habló con nadie de eso.

Adolescente y nunca supe cómo, ingresó a la Escuela de Mecánica de la Armada en la especialidad de “radio telegrafista”. Excelente jugador, según sus amigos de la vida, fue fichado en Platense y en la cancha que estaba en Manuela Pedraza y Crámer jugó algunos partidos, pero se frustró cuando un oficial de la Armada lo descubrió y lo intimó a optar fútbol o Marina. Con los años y casado con mamá en 1939, se fueron a  Mar del Plata con destino en la Base de Submarinos. En 1942 nació mi hermano Edgardo, que seguiría sus pasos militares y siendo Capitán de Navío Aviador, falleció en 1996 afectado de cáncer. El nuevo destino fue Puerto Belgrano, en la Base militar en cuyo Hospital Naval nací yo en 1944. Años después, en 1951, fue embarcado en comisión hacia EE.UU., para navegar las dos unidades adquiridas por  el país, los cruceros 9 de Julio y 17 de Octubre, este último rebautizado como General Belgrano y hundido en la guerra de Malvinas. Aquel viaje de más de un año, fue una marca especial para mi vida, la de mamá y Edgardo. La correspondencia espaciada era el único contacto con papá.

Retirado en 1954, nos vinimos a Mercedes, su ciudad de crianza y la de mamá, oriunda de Suipacha, para habitar la casa de calle 7 entre 12 y 14. En febrero de 1958, mamá sufrió un ataque de hemiplejía y otra vez el viejo enfrentó su dura realidad, hizo de papá y mamá con dos varones adolescentes, no bajando los brazos nunca y ante nada. Pasados unos años, se reintegró a la Armada, su amor incondicional, prestando sus servicios en el edificio “Libertad” de CABA hasta jubilarse ya como personal civil. Su hijo mayor en la Marina de Guerra y yo en la Policía Federal, lo hacían sentir orgulloso. No tuvo una vida fácil y el misterio de alguna manera se me fue develando cuando mi hijo Ezequiel, intrigado por la vocación de su abuelo y su tío también padrino, concluyó en lo que pudo haber pasado.

Con sus palabras me preguntó si el “Lolo”, como lo llamaba, nació en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, no sería entonces posible que fuera hijo de algún marino extranjero con una chica de Buenos Aires, ya que para entonces, los cargueros venían al país para llevarse lo que en Europa faltaba. Esa charla me dejó boquiabierto y me puse a pensar en los rasgos del viejo, rubio de ojos claros y su vocación de marino repetida en el mayor de sus hijos. Quizás un amor pasajero dejó la semilla y Raúl Ciriaco, así su nombre, llegó a este mundo. Todo un misterio que quizá la genética nos marcó para entender o imaginar lo que pasó. Atrapado por su mal, se fue alejando de la realidad y murió cuando su vida transitaba mejor de lo que había sido antes. Querido por muchos y respetado por todos, me dio cosas importantes como el respeto por los otros, su decencia, respetar la palabra y la ley, su bondad, la caridad y mucho más. Si pudiese volverlo a la vida, no alcanzaría el tiempo para decirle una y mil veces cuánto lo quise y no se lo dije; cuánto lo he admirado y tampoco. Como creyente también estoy seguro de que me estará viendo y marcando mis errores que no han sido pocos por cierto. Sigo recibiendo sus mensajes en aquel código o alfabeto morse que usaba en la Armada, que antes no podía descifrar y hoy los entiendo claramente. Viejo…mi querido viejo…!

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