“Transitando en los recuerdos, reviví algunos que me ubican en la etapa de mi escuela primaria, en Puerto Belgrano, lugar de mi nacimiento y luego también en el maravilloso Colegio Nacional. Increíblemente, entre el niño de escuela y el joven de la academia policial, hubo coincidencia profundo valor para mí. El secundario también me dejó su sello, como es de suponer….”

Mi viejo, cómplice de la injusticia…!

Ha sido casi una constante en todos los tiempos, la frase – la profesora me tiene bronca – o – yo la lección la sabía pero el profesor…- y otras tantas con las que hemos pretendido disimular o esconder nuestras fallas en los tiempos de estudiantes, pero hay excepciones que justifican “las reglas” y voy a narrarles una que me hizo protagonista.

Fui en primaria y parte de la secundaria un buen alumno, sin modestia, porque ha sido la verdad. Cuando comencé el tercer año en el Nacional en 1959, por la merma de controles de parte de mamá que estaba enferma desde el año anterior, sumado a la edad del “pavo” por la que transitaba, mis calificaciones bajaron y entre algunas otras materias, estaba Historia Argentina, que no pude aprobar en los exámenes de diciembre ni marzo. Con ella “previa” pasé a cuarto año sin preocuparme y cursé el 60` más o menos bien.

Al culminarlo debí rendir materias y me fue bien, salvo una en diciembre, Física y Química, que dejé para marzo. Ahora debo decir quiénes eran los profesores de cada asignatura; la señora Angélica Jáuregui Lorda, nos daba Historia Argentina de 3º y su esposo el Profesor Nicolás Eterovich en ciencias de 4º Llegó marzo y preparé para ambas materias porque si no aprobaba Historia, debería repetir 4ºo rendir como “libre”, que en casa no querrían seguramente.

Angélica me hizo “pomada” sin casi dejarme abrir la boca. Increíble pero real. Sabiendo ya que debería repetir, me presenté a examen de Física y Química con su esposo y el bolillero me dio la opción de elegir entre la 2 y la 6. Opté por la segunda que trataba del Azufre (S) y me explayé como nunca. Eterovich me paseó por la 2 y la desarrollé muy correctamente. Me despidieron de la mesa y sospeché que mi nota sería no menos de un 9, casi como una revancha de la vida estudiantil, pero las cosas sucedieron de manera muy distinta.

Mientras aguardábamos las notas, salió del salón el profesor, encendió su infaltable Lucky Strike y guardó el atado en el interior de su impecable traje cruzado. El diálogo fue; – qué va a hacer Espina el año que viene ya que repite…va a venir al colegio…?- mi respuesta fue el indudable pero inocente – si – y él dijo –hace bien, no hay que perder el ritmo del estudio – y volviendo sobre sus pasos, ingresó al aula. Pasaron unos minutos hasta que un preceptor salió con las papeletas. Por la inicial de mi apellido E, debería ser uno de los primeros en recibir la nota, pero no, fue la última y mi ansiedad me superaba esperando una buena o más que buena nota y otra vez estuve equivocado, la calificación fue un 2 (dos), si un 2. Yo no entendía nada y mis compañeros tampoco y creí por un instante que se habían confundido en la mesa. De inmediato, Eterovich saliendo del aula, se encaminó hacia la rectoría, lo pasé en su marcha y lo esperé de frente. Sin que mediara palabra, me puso su mano derecha en mi pecho y me dijo; -sé lo que me va a decir Espina, su examen fue muy bueno, pero si yo lo apruebo, usted se me rasca las pelotas todo el año que viene -. Siguió él su camino y yo tomé el mío. El tema era qué decir en casa, porque lo que había pasado era sencillamente “increíble”.

Efectivamente cuando llegué cargado de bronca e impotencia y después de haber pateado todas las piedras que vi en mi camino, mi viejo estaba tomando mate como de costumbre. La pregunta era lógica – cómo te fue – y cuando yo ensayaba mi respuesta, me alcanzó un mate y me dijo; -me acaba de llamar Eterovich, me contó todo y yo estoy absolutamente de acuerdo con él -. Tuve una confusa sensación de alivio por no tener que explicar lo inexplicable y al mismo tiempo mucho dolor.

Recostado en mi cama, oí varias veces los pasos de mi viejo, caminando para cebarme varios mates, mientras yo trataba de entender cómo podía ser que él estuviera de acuerdo para cometer una injusticia en la que yo era la víctima. Pasaron los años y creo que lo entendí.

Aclaro que nunca supe del por qué la señora Angélica de Eterovich, hizo lo que hizo conmigo, pero ya siendo hombre, algunos alumnos de otros cursos, inclusive una alumna del Comercial, me dijeron oírla jactarse de que mientras integrara las mesas, un alumno del Nacional no aprobaría. La quinta vez que rendí la materia, luego de cursar por segunda vez el 4º año y con nuevos compañeros, aprobé sin abrir la boca frente a los profesores. La presidente era Beatriz Lampreabe y cuando extraje las bolillas dijo – vaya Espina, felices vacaciones..- y creo que me puso un 6 sin haber abierto la boca.

Pasaron 60 años y recuerdo cada instante de aquello y también pienso en las cosas que harían algunos padres hoy, ante circunstancias tales. Estoy más que seguro de que no harían lo mismo que mi papá. Recordando aquello me dijo…la autoridad de los maestros, siempre, aunque no nos guste, es la autoridad.

También he pensado en que a lo largo de tantos años, puedo yo haber sido injusto y otros las víctimas de esas injusticias. Al fin y al cabo, Angélica y Nicolás, los Eterovich, eran simplemente dos seres humanos y falibles.

Se los dejo para que lo piensen…

De qué lado estarían ustedes hoy… yo sí que lo sé.

Tres presidentes…!!

Y no fue a distancia, como pasa ahora…la distancia social impuesta por las prudentes normativas del tiempo de pandemia.

Tenía yo 9 años y vivía con mis padres y hermano, en llamado “Barrio Nuevo”, precisamente en la casa señalada con el número 695, de la Base Naval de Puerto Belgrano. El hospital de esa base, fue el lugar en el que nací el primer día de agosto de 1944, el Día de la Pacha Mama. Mi padre era marino y tripulante del Crucero ARA 9 de Julio, gemelo del General Belgrano, antes llamado “17 de Octubre” y rebautizado al derrocar las fuerzas armadas de entonces, al presidente Juan Domingo Perón en 1955.

Un año antes y en ejercicio de la más alta magistratura, el Presidente fue a visitar el asentamiento militar y para ello el avión que lo trasladó desde Buenos Aires, aterrizó en la pista del Campo Sarmiento. Yo era alumno en la Escuela N 212 Stella Maris de la misma base y cursaba el cuarto grado, que a la postre sería el último allá, porque transité el 5º y 6º. Ya en Mercedes, en la número 1, “Víctor Mercante, pero esa es otra historia. Los alumnos formamos una suerte de callejón humano para recibir al Perón, quien debería pasar frente a nosotros que agitábamos banderines con los colores patrios. Parado en un Jeep (Willis) del año 47 y luciendo su uniforme, el General hizo detener la marcha del vehículo y con su mano derecha, acarició la cabeza de varios de nosotros, para proseguir su marcha a su destino.

En aquel momento no pude medir la dimensión de ese gesto y para mejor, papá, que no simpatizaba con él, no valoró tampoco ese instante. Cierto es que con el paso del tiempo y los acontecimientos de la vida, la revolución de 1955 de por medio, mi padre me mostró su “gorilismo”.

Diez años después, más precisamente en octubre de 1964, el Presidente de Francia, General Charles De Gaulle, visitó nuestro país y fue recibido en el Congreso Nacional por nuestro presidente Dr. Arturo Íllia, Yo cursaba el primer año en la Escuela de Cadetes de la Policía Federal, entonces la “Ramón Lorenzo Falcón” y la custodia de la legislatura es precisamente de ese cuerpo y fui formado uno de los descansos de las escalinatas, junto a nuestro abanderado y sus escoltas. El presidente galo, al enfrentarse a nuestra enseña patria, hizo una reverencia y comenzó a saludar uno a uno a los cadetes que estábamos allí. Lo mismo hizo el Dr. Íllia, de modo que en unos instantes, mi mano derecha se encontró con la de dos presidentes.

Creo que he sido un privilegiado, porque tuve contacto “no distanciado social”, con dos hombres que marcaron la historia mundial del siglo XX, Perón y De Gaulle, sin quitar méritos pero de otra trascendencia a la figura del entonces Presidente Argentino.

Evocar aquellos momentos me emociona realmente.

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