Vivencias

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En todo este tiempo de cuarentena – jamás pensé en repetir tantas veces – ese vocablo -, cada uno de nosotros hacemos algo de remembranza y nos  instalamos en nuestro pasado y en distintos momentos vividos. Algunos que me conocen, me sugirieron compartir con mis lectores, algo de las cosas que me han tocado.

Más de once…

Ahora que se ha instalado en los medios el tema más que trillado de la cárcel de Villa Devoto, quiero contar algo que ocurrió allá por 1968/69 cuando era oficial jefe del servicio externo en la Comisaría 45 a. PFA), obviamente en la ciudad de Buenos Aires (hoy CABA) y en cuya zona funciona la U.2 del Servicio Penitenciario Federal (Devoto).Por una diligencia ordenada tuve que presentarme en el Penal con dos de mis hombres. Estando en camino, el suboficial me recordó que deberíamos recibirle declaración a un detenido por contravención. Hasta allí, solo rutina y nada que cambiara las cosas, pero al ingresar a la cárcel y reclamar por el “detenido”, recién comprobé de quien se trataba, Oscar Antonio Más, que no era otro que “Pinino”, el crack de River Plate nada menos, que había debutado en 1964 e integró la Selección del Mundial (1966).

Minutos más tarde estaba frente a frente con “Pinino” en su celda, yo emocionado como pocas veces hasta entonces. En ese tiempo – les cuento a mis lectores – gobernaba el Gral. Juan Carlos Onganía – el Código de Procedimientos Contravencionales (R.R.P.F 6) preveía en su articulado, sanciones para los infractores a un edicto, el de “Reuniones Deportivas” e imponía 30 días de arresto,  NO REDIMIBLES POR MULTA. “Pinino” había generado con su actitud en el partido del domingo anterior, un gran quilombo en el Monumental  y tras su expulsión fue detenido y enviado a Devoto.

Fue aquel momento que aún tengo grabado en mi memoria y que no pude documentar en una fotografía (no había selfie). Los 30 días que le había impuesto el Jefe de la Policía Federal, fueron dejados sin efecto tras una apelación pocos días después, aunque conserva el “record” de haber sido el primer y creo único jugador de fútbol detenido por esos motivos. 

Cuando les conté a mis amigos la experiencia, los “fanas” de River me manifestaron su envidia y por el otro lado, los “bosteros” me recordaban jocosamente que los “Millonarios” siempre fueron tramposos, porque jugaron mucho tiempo con MÁS DE ONCE…, por la casaca de Pinino Más, la número 11.

(n.d.r) Oscar “Pinino” Más tenía en ese tiempo 23 años de edad y una carrera por delante, que fue exitosísima.

El Aguilucho

Trabajando en la Comisaría de la zona de Villa Devoto allá por 1968, la 45 a. en calle José Cubas y Mercedes, uno de los objetivos con consigna o custodia de mi personal era en el edificio en el que antes había funcionado por mucho tiempo la concesionaria FORD y había pertenecido a Oscar Alfredo Gálvez, emplazada sobre la avenida Francisco Beiró del coqueto barrio.

La empresa había colapsado económicamente y estaba en plena quiebra o algo parecido. La autoridad judicial había dispuesto que se custodiara la propiedad, que estaba absolutamente vacía, con personal de consigna.

Dicho sea de paso, el comentario que corría entonces sobre la causa del cierre comercial, era que la generosidad de Oscar (el Aguilucho), hizo que muchos amigos beneficiados con operaciones, sacaran ventajas que más tarde se volverían en contra del empresario y eso acarreó la quiebra.

Por supuesto que siendo seguidor del automovilismo desde siempre, traté muchas veces de ver y conocer a Oscar cuando fuese al lugar, pero nunca se dio o cuando el agente de guardia me daba aviso, no hice a tiempo. Varios meses después, la fortuna estuvo de mi parte y lo conocí.

Muy emocionado y frente a un “monstruo” tal, las palabras no me salían y su primer gesto fue tomarme del brazo e invitarme a que lo acompañase al interior del edificio. Eso hice previo romper la faja de “CLAUSURA” que estaba en la puerta y que yo debía reponer cada vez que Oscar fuese al lugar, para lo que estaba autorizado judicialmente.

Pasó un tiempo y no fueron pocas las veces en que me encontré con el genio del volante, que me confesó que su paso por el lugar era sólo para recordar aquellos tiempos pasados con algo de nostalgia. Tuvo palabras de elogio hacia las “500 Millas Mercedinas” cuando supo de mi origen y los recuerdos eran casi de películas. 

En una de esas visitas al edificio, Gálvez  tomó de un cajón ubicado en un  rincón, una polvorienta y casi flamante máquina de escribir de la marca Olivetti Lexicon 80, que para entonces eran toda una novedad y que no llegaban aún a las dependencias, en las que perduraban las Remington.

-Che pibe – me dijo Oscar– esto les sirve para la “taquería”…? Le dije que sí y  agregó –llevátela porque acá está “muda” – (n.d.r) (taquería en lunfardo es Comisaría). De inmediato llamé a mis superiores y recibí la autorización para aceptar la donación con un acta que allí mismo levanté con la nueva “dientuda” y firmamos Oscar, un testigo por él propuesto y yo. Tuvimos con uno de mis jefes esa máquina bajo llave, cuidándola como a tesoro y llamándola “La Gálvez”.  

En ese tiempo Oscar Alfredo, el Aguilucho Gálvez, tenía creo que 55 ó 56 años y yo 24, con una coincidencia, ser ambos leoninos y amar los autos. Nunca me atreví a decirle que yo había sido hincha de su hermano,  “Juancito”, muerto en la vuelta de Olavarría en 1963

Evidentemente era generoso, creo que hasta imprudencia. 

Club Mercedes… (para el recuerdo)

Cuando tuve el honor de ocupar la secretaría del Club Mercedes, pude vivir muchos momentos que se convirtieron en anécdotas. Para poder entender lo que ahora les relato, sólo hay que saber jugar al truco o al menos sus reglas, único juego en el que mentir, no está penado. 

Diariamente y pasada la hora del almuerzo, los jugadores de truco, chinchón, ajedrez, billar, majón…nos dábamos cita en la sede del Club, ocupando el amplio salón de fiestas en el hoy funciona el Cine.

Yo integraba ese día una mesa de chinchoneros y en una de las partidas quedé fuera del juego y me retiré a esperar a la próxima. En una mesa contigua jugaban un desafío “mano a mano” al truco, dos viejos socios, Don Antonio y Oscar, cosa que daba diariamente y los juegos eran 14 ó 15, no menos. Apostaban en silencio y trascendía por propios dichos, el resultado, pero no el monto. (¿?)

Justamente cuando me puse de mirón o pato,  detrás de Oscar, -éste estaba “tirando” u orejeando como se dice, tres naipes de espadas y los abrió lentamente para ver qué le deparaba la suerte después del 7 que estaba en “jeta”. Pues apareció el 4 y detrás la sota. Yo esperaba oír el lógico grito de “Flooor”, pero no, Oscar dijo, – falta envido don Antonio– y éste respondió sin dudarlo, – quiero 32 -. Claro ese tanto era mayor que los 31 de Oscar que había negado el juego y significaba el final, pero fue entonces que éste dijo, – perdón, perdón… don Antonio, tengo flor – y otra vez aunque parezca cosa de locos, la voz de su rival se alzó para cantar –“contraflor” al resto, tengo esos treinta dos – (siete, cinco y caballo de copas), al momento en que extendía sus naipes. 

Fui testigo privilegiado de todo eso y había varios socios muy cerca, que por supuesto se sumaron a los comentarios. Claro quedó que la partida fue ganada por don Antonio y que ambos negaron primero sus “flores” para acusar los tantos y luego volvieron a aquellas, con dos reveces para Oscar.

Fue hermoso…e increíble, salvo porque éramos muchos en ese gran salón del Club Mercedes y el hecho se hizo anécdota real y en los tiempos que corren se hubiese viralizado. Varias veces conté lo ocurrido en ambientes diferentes y no me lo han creído.   

Fue fantástico e inolvidable.

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