El tanque

0

Nuestra misión era la de comprar un tanque de guerra, uno de los grandes, pesados, como esos de la 2° Guerra Mundial. Para eso debíamos trasladarnos a Francia porque, en alguna parte, habíamos visto que ahí en Francia estaban los mejores. Ya en el país de los galos tomamos contacto con alguien del ejército francés; era un tipo relativamente joven con el cual nos entendíamos muy bien a pesar que ninguno hablaba el idioma del otro. No puso ninguna traba de “inteligencia” para mostrarnos el modelo de tanque requerido. Nos llevó a un viejo galpón de la base militar en la cual estaba destinado y fue entonces que por primera vez vimos el impresionante armatoste guerrero: era de un tamaño irreal, de un diseño horroroso y, cosa curiosa, sin armas a la vista, ni tan siquiera ese gran cañón que los distingue como feroz arma guerrera. Sin mirarnos entre nosotros ni cruzar una sola palabra entendimos que debía ser nuestro, el franchute debe de haberse dado cuenta pues, también sin mediar palabra, nos llevó al comando central del extraño cuartel para que el jefazo a cargo decidiera la conducta a seguir. Jamás pude ver a tan alto personaje pues a partir de ese momento todo cambió, cada uno de los de nuestro grupo se fue separando en parejas de las que yo recuerdo con un sentimiento de rabia a una sola. Me aparté del grupo y comencé a  charlar con los soldados de la base militar, sin que me despertara la más leve sorpresa descubrí que los reclutas hablaban indiferentemente en francés y castellano salvo raras excepciones que, en general (nunca tan adecuada esta palabra en un cuartel militar), estaban ligadas a las más altas jerarquías uniformadas. Con el que más trato tenía era con aquel tipo del principio, amabilísimo por cierto, con buena pinta y un pelo rizado tirando a castaño claro que lo hacía inconfundible con la soldadesca, que portaba un gran parecido con nuestros jóvenes guerreros del interior profundo. De pronto volví a tomar contacto con la pareja perdida y fue entonces que comencé a percibir que respondían a mis inquietudes con un resabio de injustificada superioridad, era como si ellos fueran los verdaderos comisionados y yo un mero acompañante; es difícil de explicar, me trataban como a un igual pero dejando establecida una tácita diferencia que consistía en que ellos eran los que tenían “la posta” y yo un simple perejil que hacía de comparsa y, para peor, con mi estúpida conducta de aceptar segundos lugares para no romper la unidad del grupo, aceptaba resignadamente hasta el colmo de llegar a reconocerme como menos que ellos, y he allí mí ya mencionada rabia porque en el fondo de mi alma sabía que tenían razón. En mi soledad seguí recorriendo la base militar y así es como llegué a una especie de Sala de Situación que tenía un enorme mapa sobre una de sus paredes y mostraba el hemisferio sur donde la Argentina ofrecía todo su esplendor geográfico con la curiosidad que la provincia de Buenos Aires era toda amarilla salvo en el norte que estaba pintado de un verde rabioso; por momentos el enorme planisferio se movía hacia la derecha para volver de inmediato a su posición original, salvo oportunidades en que todo se veía extrañamente superpuesto. De ahí pasé a diversas dependencias sin importancia donde mantuve estúpidas conversaciones, según creo recordar. En una de mis vueltas sin sentido me reencontré con la maldita pareja y el más despabilado de ambos me dio a entender que se estaban reuniendo con el alto comando pero sin darme mayores explicaciones. Ya entonces mi angustia llegaba a límites insoportables, me sentía mal, despreciado en el sentido lato del término que es no tener precio pero no por mi alto valor sino por mi propia intrascendencia. Yo era lo que se dice un nulo. Continué con mis andanzas azarosas y en un ancho y largo pasillo que se parecía más a una sala de espera que a un pasillo, encontré sentados en un banco de madera tallada a tres jóvenes que se me presentaron espontáneamente (lo cual levantó mi alicaída estima) y dieron a conocer sus impresionantes dobles apellidos de noble prosapia (lo que volvió a hundir mi estima al lugar que no debió haber abandonado con tanta ligereza). El que parecía el mayor de los aristócratas me informó con un asombro rayano con la estupidez que en el salón contiguo estaba nada menos que el Arzobispo de Mercedes-Luján, me lo dijo con un aire de admiración y respeto que no pude menos que interpretar que se dirigía a mí no porque le interesase un comino mi presencia sino porque necesitaba contarle a alguien la existencia cercana de tan conspicuo representante del Señor. Asombrosamente no me causó ninguna sorpresa que en tan alejado y poco adecuado lugar se encontrase un arzobispo argentino pero así y todo no pude sustraerme a la estúpida idea de contárselo a la pareja tan odiada, la que, como era de esperar, no se conmovió en lo más mínimo ante lo que yo creía un extraordinario descubrimiento. Impertérrito insistí en mí ya aventurado itinerario y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí la casa enorme y magnífica que yo estaba haciendo construir en la chacra que poseía en las afueras de la gran ciudad. Ellas eran mi triunfo, mi rescate de tanta intrascendencia, mi arma secreta para hacer reventar de envidia a tantas parejas ensoberbecidas como la del cuartel de Francia.

¡Qué grande y dolorosísima fue mi sorpresa! Al entrar a la casa, al gran refugio de mi personalidad rescatada, lo pude ver: los grandes y ostentosos espacios de mi refugio vengador estaban colmados de literas donde dormían plácidamente soldados franceses.

                                                                                               Osvaldo Rey Sumay

DEJA UNA RESPUESTA

Pone tu comentario
introduzca su nombre