Hombre que se moja

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Ricardo Peyrás es médico cardiólogo, nacido en Bs As y diplomado en la UBA. Es autor de “Donde el sol se rompe” entre varias obras y de ella he elegido para compartir con ustedes, uno de sus cuentos fugaces, “Hombre que se moja”, que contiene a mi parecer, la mágica caricia del amor. Buen momento éste para compartirlo.

“Es tan corto el amor y tan largo el olvido…”

Pablo Neruda

Hubiera preferido que la noche fuera distinta, que cayera más rápida y pasara de largo, que no lo tocara. Pero es lánguida e inclemente, y está cargada de llovizna incesante y viscosa. El hombre camina hacia el puerto en órbita repetida, rumiando pasos por abatidas deshoras, cuando ya no hay nada útil para hacer, cuando es demasiado tarde para espantarse al sueño metódico de cada noche. Nadie hay por donde él va, o quizás hayan algunos vestidos de ausencia y no los puede ver; o tal vez quién sabe, andan las calles de otra ciudad. Pero las palabras vienen y vienen, sin interrupción ni indulgencia: “Me alegra que estés alegre, me gusta que te guste, me gusta gustarte”.

Hubiera preferido no auscultarla en la garúa, pero las ínfimas gotas resbalan por sus mejillas dibujando labios suaves y mezclándose con la humedad propia de sus ojos; espejos medulares retintos en medio de un rojo envolvente e incendiado por alcohol y porfiadas restregaduras. Deambula susurrando su pena, se abstrae amarrado a su soledad; tan solo va que ni siquiera lo sigue su sombra bajo la luz fatigada de un farol zigzagueante por el viento. La oscuridad de la noche se funde en los bordes de su figura y su derrotero va empantanándose con la suciedad del empedrado y el río oleaginoso que cala el infausto puerto. Y a pesar del frío y de la lluvia, un ardor terco y urente le viene desde las entrañas y se le escapa, por fin, a través de la piel: “Juntos nos prendemos para quemarnos, juntos somos fuego puro”.

El hombre se moja en procesión enfermiza, escucha las palabras que le llegan desde lejos, lo atizan voces encendidas de pasión, do de pecho y egofonía entremetidos, clamor desde el recuerdo abrasivo. Mira llover sin ver la lluvia; solo ve el rostro de ella, los seductores ojos avellanados y ahora también las gráciles cuencas que se le forman en las mejillas, al sujetarlas cariñosamente entre sus manos. Anda con la memoria en avalancha e implora por un final, que ojalá el olvido la olvide de verdad, dos veces, tres veces, cien; maldice lo que antes bendijo y hasta el día en que la conoció. Y clama para que ceda un poco, por piedad, el dolor.

Porque aquella mujer es ahora amor y recuerdo que lastima.

De pronto, el hombre levanta su mirada y apunta hacia las grúas de los docks vacíos, y en un giro, apenas distingue el balanceo suave de los mástiles de los veleros que se yerguen en la dársena, por el final de la rambla. Pero no irá hacia allá, tampoco donde están los barcos. Volverá sobre sus pasos. Mejor desandar distancias y que lo ahorque el sur, que lo devore el asfalto del suburbio y el cemento mojado de los edificios; mejor morir, una vez más, fundido en ella, besando los labios enamorados en la horizontalidad del infinito, enredado entre los cabellos y los hombros tendidos sobre el tálamo de la gloria.

Hubiera querido, ciertamente, que las emociones no lo aplastaran y que la vastedad umbría no se lo llevara por delante; y que por fin, la lluvia lo dejara en paz. Pero la ciudad va bebiéndoselo de a poco y el puerto impiadoso lo apuñala a cada paso, en cada letra de cada palabra, en cada frase de cada recuerdo que le insiste: “Me gusta que te guste, me gusta gustarte”.

El hombre mojado se vuelve atravesando la ciudad vacía, va diluyendo su figura para hundirse en la noche áspera y eterna, como ásperos y eternos son sus días desde aquél día, cuando ella partió del puerto a sus espaldas y no volvieron a estar juntos.

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