Colaboración del Padre Daniel Guerra

Me desperté después de una mala noche, recordando que hoy mi iglesia no abriría. Mi corazón cayó en la cuenta del peso de saber que mi parroquia estaría vacía, y yo sin nadie a quien aconsejar, sin ningún niño para bendecir, ningún penitente para absolver, ninguna familia para visitar, ninguna reunión para participar. ¡Nada! Celebré la misa sólo y comí el Pan de Vida sabiendo que hay almas hambrientas de la Eucaristía. Y entonces me pregunté: ¿seguiré siendo sacerdote con la puerta de la iglesia cerrada? ¿Cómo es posible ser sacerdote sin pueblo? ¿Cómo es posible ser una iglesia sin una comunidad reunida?

Acabo de ver en la televisión y escuche miles de formas de cuidar la salud del cuerpo ante este virus, y ninguna orientación sobre la salud de nuestra alma, y me pregunto: ¿la Iglesia se acabó? ¿El pueblo de Dios está suspendido? Y el Señor me respondió: No. No porque la Iglesia es una madre luchadora… No hay personas en las iglesias, pero hay iglesias en las personas. No hay procesiones por las calles pero se puede escuchar la oración del Rosario y las letanías por las ventanas de los hogares. No hay confesiones pero hay arrepentimientos. No hay vocaciones en los seminarios, pero hay seminaristas con vocación al amor. No hay catequesis en las comunidades pero hay padres enseñando a sus hijos  a ser cristianos.

Los sacerdotes por fin están encerrados dicen muchas personas pero yo los veo más libres que nunca: más creativos en internet, más unidos en la oración, más fuertes en su condición de unir al pueblo a Dios, y de traer a Dios a su pueblo. Y asimismo, con sus brazos cansados, siguen levantando al Rey del Universo que nos convoca a esta cuaresma inolvidable para regalarnos una pascua gloriosa.

Muchas gracias Pueblo de Dios, que aún enfermo sigue siendo Iglesia en los hogares, y no se cansa de elevar sus rezos a Dios desde sus altares en las salas de sus casas delante de sus televisores reunidos en familia. Muchas gracias obispos, presbísteros y diáconos, por mantener las puertas de los templos cerrados y abrir de par en par las puertas de la evangelización de formas tan creativas.

Muchas gracias, Vida Consagrada, que permanece de rodillas en los conventos, intercediendo por el mundo. Gracias al pueblo cristiano por recordar siempre que la Iglesia no cierra, lo que cierra es el lugar de culto. Porque la Iglesia somos cada uno de nosotros, cuerpo vivo de Nuestro Señor Jesucristo, y estamos en todas partes.

Quédate en tu casa, quédate en tu iglesia doméstica, donde comenzó todo; donde nació la santa Iglesia católica que persevera por veintiún siglos, y que concluirá su viaje en la casa de nuestro Padre que está en los cielos.

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