Un mercedino viajaba en el avión que representa el mayor misterio de la aviación argentina

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Roberto Francisco Vitetta fue una de las víctimas de aquel fatídico accidente ocurrido en 1965. Fallecieron todos los pasajeros de este avión que se registró como el vuelo TC 48 y que nunca fue encontrado. Una historia con similitudes a la del ARA San Juan. Su hermano José lo buscó durante 10 meses en Costa Rica. Le contó parte de esta increíble historia a Protagonistas.

El Vuelo TC-48 de la Fuerza Aérea Argentina fue un vuelo militar de cadetes egresados de la Escuela de Aviación Militar entre la Base Aérea de Howard en Panamá y el Aeropuerto de San Salvador. El 3 de noviembre de 1965 el Douglas DC-4 que cubría esa ruta, registrado como TC-48, transcurridos 30 o 40 min después de despegar el piloto informa un incendio en uno de los motores y avisa al control de San José en Costa Rica que se dirigirán allí, destino al cual nunca lograrían arribar, actualmente el avión se encuentra desaparecido y es considerado el mayor misterio de la aviación argentina. A todos los cadetes, miembros de la tripulación y pasajeros se los dio por muertos. Así cuenta la historia sobre este accidente aéreo ocurrido hace largas décadas. Entre los cadetes fallecidos había un mercedino. Una historia que pocos conocen y que Protagonistas eligió contar con las voces o la voz de su hermano, quien relata hechos que no imaginábamos cuando concertamos el encuentro. ​La nave no fue encontrada hasta el día de hoy y desde entonces cientos de conjeturas conspirativas se hicieron sobre el accidente. “Que una tribu indígena mantuvo cautivos a los sobrevivientes; que existe otro Triángulo de las Bermudas que se “tragó” al avión; que hay un “pueblo fantasma” donde viven los tripulantes. Una historia que aún guarda un gran misterio”, dicen algunas publicaciones.​ El TC-48 despegó desde El Palomar el 31 de octubre de 1965 hacia la Escuela de Aviación Militar, la tripulación estaba integrada por 9 miembros, a los que se sumaban 5 oficiales y 54 cadetes, totalizando así 68 ocupantes. El vuelo de instrucción lo llevaría hasta Estados Unidos y sería acompañado por otro Douglas DC-4, el TC-43 que transportaba el resto de la promoción. Ambas aeronaves partieron al día siguiente, voló hasta la base Cerro Moreno (Chile) donde tras una escala técnica continuó el vuelo hacia la base de La Palmas, en Lima (Perú). Allí pernoctaron e incorporaron dos cadetes de la Fuerza Aérea Peruana, los cuales fueron distribuidos en ambos aviones. El 2 de noviembre vuelan hacia Panamá con escala técnica en Guayaquil (Ecuador); y al otro día, debían cumplir el trayecto entre la base Aérea de Howard y el Aeropuerto de San Salvador (El Salvador), cubriendo una distancia de unos 1.150 km que le insumirían unas 3:45 hs. de vuelo. Tras la formación de cadetes y oficiales, se procedió al embarque. Así a las 05:43 despega el TC-43 y a las 05:49 hace lo propio el TC-48. Ambas aeronaves seguirían la misma ruta, conocida como “Mike”, habiéndose fijado una altitud de crucero de 6.500 pies (2.145 m). Ambas aeronaves mantienen esporádicos contactos radiales. A las 06:27 el TC-48 reporta a la torre de Panamá que se encuentra sobre la posición “Mike-5” sin novedad con altitud de 6500 y rumbo a San Salvador. Las condiciones meteorológicas para la primera parte de la ruta no eran las mejores. El pronóstico indicaba turbulencia severa, fuertes lluvias y visibilidad de muy limitada a cero.  A partir de este momento comienzan a surgir una gran cantidad de informes cruzados, donde no coinciden horarios, datos supuestamente aportados por los pilotos del TC-48 y muchos comentarios que nunca han podido ser verificados plenamente. La última comunicación se sucede a las 07:05 cuando el TC-48 informa que sobrevolaba Bocas del Toro, con rumbo hacia la pista de Puerto Limón donde ya se había declarado la emergencia y eran movilizados bomberos y ambulancias a la espera del avión. Un reporte que nunca ha sido reconocido oficialmente, indica que el TC-43 recibió la última comunicación donde se informaba que estaba a 40 millas de la costa, con 500 m de altitud, imposibilitado de mantener la línea de vuelo y que se aprestaba a amerizar. Según otros dichos, también reportaron problemas eléctricos que dificultaban la lectura del radiocompás. Desde entonces no hubo más comunicaciones y allí comenzó el misterio del TC-48.

¿Un ARA San Juan?

Algunos de los familiares de las víctimas no dudan que el avión está en la selva del sur de Costa Rica. Luego de su desaparición, en noviembre de 1965, se hicieron un total de 23 expediciones a la selva y más de 50 vuelos en avionetas y helicópteros, se dejó de buscarlo en 1967. Una investigación hecha por los Estados Unidos concluyó que el avión cayó al mar entre Panamá y Costa Rica, a 30 km de la costa; para la Aviación Civil de Costa Rica y para los familiares, el aparato está en algún lugar de la selva. Los que nunca dejaron de buscar fueron los familiares de los desaparecidos, quienes se internaron en la selva costarricense numerosas ocasiones. Y en 2008 la Fuerza Aérea se unió a ellos y hasta el 2015 realizó cuatro búsquedas denominadas Esperanza, tanto por tierra como por mar, que concluyeron sin novedades. Las autoridades de la Fuerza Aérea Argentina mostraron el hallazgo de algunos objetos recogidos en el mar como salvavidas y un documento que exhibieron a los incrédulos familiares, citados al edificio Cóndor con ese propósito, quienes no solo rechazaron la versión oficial, sino que siguieron reclamando la búsqueda del avión en la selva costarricense, convencidos de que la máquina bien podía hallarse en algún lugar inaccesible y no en el lecho del mar. La sospecha cobró aún más fuerza cuando al tiempo se supo que algunos de los elementos supuestamente rescatados y ofrecidos como prueba, que pertenecían a uno de los cadetes desaparecidos, habían sido confiados por su dueño a un compañero que viajaba en el otro avión, quien más tarde los entregó a sus superiores. Además, a esa altura ya se tenía la certeza de que las máquinas no estaban en perfecto estado y que el TC – 48 volaba con sobrepeso. Para muchos es una vieja versión del actual hundimiento del ARA San Juan. Similitudes en el manejo de la situación. O tal vez el submarino es una versión actual del vuelo TC 48.

Cadete Mercedino

El cadete mercedino era Roberto Francisco Vitetta, quien había estudiado en Córdoba y tenía 23 años. La familia recibió la triste noticia en tiempos donde los medios de comunicación no eran los que actualmente tenemos. María Angélica, madre de Roberto, no encontraba consuelo. Uno de sus tres hijos, José, quien estaba estudiando Arquitectura en La Plata no soportaba ver el dolor de sus padres cada vez que regresaba a Mercedes. Su hogar nunca volvió a ser el mismo. Un día decidió guardar los apuntes y decidió viajar a Puerto Limón en Costa Rica donde estuvo durante diez meses. Una comisión de vecinos que se había formado ante la falta de respuestas oficiales aguardaba novedades de quienes habían viajado a Centroamérica. José era uno de los que reportaba desde tierra costarricense. Dos suboficiales, padres de cadetes desaparecidos, de apellidos Bravino y Tumilchenko encabezaban las expediciones a esa frondosa Selva donde se hacía muy difícil encontrar algo, especialmente porque no contaban con mayores elementos o herramientas para garantizar el éxito. Esos diez meses incluyeron todo tipo de “aventuras”. Expediciones cada 10 o 15 días, visitas a chozas de pueblos originarios y hasta visitas a “sabios” de esas tribus, uno de ellos un anciano ciego llamado Zuquía y alguna bruja que decían tener algunas visiones que no fueron más que falsas ilusiones. Hasta se hizo pasar por el hijo de una maestra del lugar, Talía Rojas, quien lo guió a algunas misiones que no obtuvieron resultados positivos. José cuenta cada detalle como si el tiempo no hubiese pasado y hasta se permite hacer cierto paralelismo entre el caso del ARA San Juan y el vuelo TC 48, “nunca hubo desde la Fuerza Aérea interés en hacer lo posible para encontrarlo”, manifestaba en el living de su casa de la calle 62. Tras una sucesión de frustraciones regresó sin poder haber obtenido ninguna información concreta. Desde Costa Rica cruzaba cartas con su madre o en alguna ocasión por vía de radioaficionados consiguió contactarse con sus familiares. Tuvieron sus homenajes, oportunidad en que los familiares volvieron a encontrarse, pero nunca tuvieron noticias sobre lo que verdaderamente ocurrió. Supieron que el avión no estaba en condiciones de volar y que en su trayecto había sido reparado en algunas ocasiones de sus escalas. En la otra aeronave viajaba otro mercedino. Pero se sospechó que en el vuelo TC 43 hubo entre sus tripulantes un pacto de silencio para no hablar de lo que había pasado. Ese joven que sabía compartir momentos con la familia, jamás les dio alguna señal. “Uno tiene siempre presente en la memoria este hecho, ojala algún día se pueda develar el misterio”, dice José. Pues todavía hay quienes siguen intentando tener algún dato revelador. Uno de los impulsores es precisamente el hijo de aquella maestra de Costa Rica. José Vitetta recuerda sin quebrarse, el dolor de sus padres, el de aquellos suboficiales que lloraban a escondidas la pérdida de sus seres queridos. A largas décadas del episodio aún abraza la esperanza de tener una historia oficial, una tarea que le permita saber qué fue lo que verdaderamente pasó con el avión en el que viajaba su hermano. Por él, por sus padres, por el descanso en paz de Roberto Francisco, un joven que tenía toda una carrera y una vida por delante.

La tragedia que llegó al Cine

El pasado jueves uno de los estrenos de la cartelera cinematográfica fue precisamente el documental “La última búsqueda”, dirigida por Pepe Tobal que fue presentada en el Cine Gaumont de la ciudad de Buenos Aires. La familia Vitetta estuvo allí presente.  La intención de esta producción, como dijo su realizador, es “sumergirse en un viaje para rescatar una aproximación de la verdad”. Esta película permite una reflexión en torno “a las distintas formas de reaccionar del ser humano, no ante la muerte sino ante la desaparición de un ser querido; el dolor que no termina y la incertidumbre que impide seguir con la vida y desde lo institucional la perversidad de los intereses mezquinos, el ocultamiento, la desidia y las negligencias”, explicó Tobal a la prensa pocas horas antes de la proyección. “Buscamos describir las consecuencias del accidente en los familiares, quienes señalan que viven en una permanente inquietud y desasosiego por lo inasible del proceso”, describió el realizador. A partir del trabajo periodístico de nuestro medio surgieron algunas posibilidades que ese documental, tal vez pueda proyectarse en Mercedes, incluso con testimonios que puedan enriquecer aún más la producción cinematográfica.

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