Mi abuelo no se murió

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Ya van a ser cuatro días desde que te fuiste ¿Te fuiste? Es extraño. Nunca escuché a nadie decir la palabra muerte. El miércoles, cuando veníamos en la ruta con mamá y santi, en un momento, ella me apretó la mano fuerte y se puso a llorar. Ahí lo supe. En silencio.

Muchas de las otras veces que te habían internado imaginé cómo sería el día. A todos nos va a llegar. Pero nunca pensé que iba a ser así: fugaz, como un sueño, con la misma intensidad que te caracterizaba.

En la noche del miércoles, en tu velorio, conocí a “los chicos”, tus amigos. “¿Vos sos el periodista?” me dijo tu compañero de tejo. Y me contó que le contaste de mi último viaje: “El periodista está en Norteamérica”, dijiste. Recordamos varias anécdotas. Reímos y lloramos.

Si hubieras visto tu nombre en los diarios, en la radio y hasta en grupos de whatsapp como el de tu querido club de fútbol, en donde hasta los más jóvenes te despidieron como si ellos mismos hubieran perdido a un abuelo. Fuiste muy querido. Lo sos.

Vos no eras de expresarte. No recuerdo que me hayas dicho te quiero. Pero demostrabas con tus acciones, hablándole a todos de los tuyos: tus nietos, tus hijos, tu mujer.

“Era un abuelo compañero”, dijo la tía Karina esa misma noche. “Iba de acá para allá llevando a los chicos al colegio, a gimnasia, a dónde sea.”

En estos días que pasaron me puse a pensar en todos los momentos que compartimos. Nunca te lo dije, pero lo que más disfrutaba de mis veranos en Mercedes eran las idas y vueltas a la quinta en moto con vos. Apretarme a tu espalda de gigante mientras ibas saludando al que te cruzabas -quién no te conocía- y sentir el aire fresco golpeándome en la cara. Era como volar.

 “Se fue mi compañero” dijo la abuela varias veces. Creo que es la palabra que mejor te define. No eras un esposo, un marido, un padre, un abuelo. Eras un compañero: De tejo, de truco, de moto, de mate, de la vida.

Por eso lo que más duele es lo insoportable de tu ausencia. Saber que nada va a ser lo mismo sin vos. Como la quinta. Vos eras la quinta. Tu moto, tus botitas, tus siestas en “tu reposera”.

Pero la gente como vos nunca se va. Sus gestos, sus frases, su actitud quedan en el aire de los lugares y las personas que transitaron como un perfume eterno.

Sé que no te gustaría vernos tristes. Dirías: “déjense de joder”. Por eso te prometo que voy a llorar cuando lo necesite, pero que mucho más voy a sonreír y a tratar de llevar adelante lo que nos enseñaste: a disfrutar de cada día sin preocuparnos por estupideces, siempre con una sonrisa. Creo que todos deberíamos hacer lo mismo.

Tenemos que estar feliz de haberte tenido y disfrutado hasta el último momento, porque de verdad somos muy afortunados.

¡Feliz día loco lindo! Gracias por habernos acompañado.  Tu nieto, el periodista.

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