(Por Walter Anido)

Hay una frase que dice que las comparaciones son odiosas, aunque también existen aquellos que sostienen que no siempre resultan así. Generalmente eso sucede cuando en ese ejercicio alguien sale perjudicado, aunque no creemos que en esta ocasión tal cosa pueda suceder. Desde los comienzos de la historia de la humanidad los hombres, o muchos hombres, han buscado trascender más allá de sus días terrenales. Por sus conquistas, por sus logros, por sus egos o simplemente por poder. Un caso que podríamos citar como testigos indisimulables de esa afirmación son las pirámides de Giza en el desierto egipcio. Los faraones consideraban que esas enormes y gigantescas estructuras, que han sido motivo de estudio desde su descubrimiento, les iban a permitir vencer a la muerte. Y podría decirse que si bien no pudieron evitar dejar de existir, cuanto menos cumplieron con ese objetivo de trascender a través de los tiempos. Pero fue premeditado, lo buscaron, así lo quisieron. Otros ejemplos, tal vez mejores o más genuinos, nos permiten hablar de la trascendencia sin forzar la historia. César Sanmartín es sin duda una pirámide en nuestro desierto. Su historia de vida permite que lo pensemos de este modo. Donde estuvo no retaceó sus esfuerzos para que cada día podamos vivir en una comunidad mejor, o al menos como él consideraba que podía ser mejor. Su paso por la Cámara Económica dejó su impronta con importantes avances que permitieron convertir a la institución en una referencia de la región y tal vez un poco más allá. Hasta se recuerda que alguna vez se le plantó en una reunión al ministro de Economía, por entonces Domingo Cavallo, causando grata sorpresa en el mundo empresarial. Porque así es Don César, frontal, claro y de sinceras convicciones. A veces como mercedinos hemos escuchado que le hubiese resultado más fácil por las condiciones coyunturales de las naciones llevar su planta de Mercedes a Brasil o México. Pero prefirió apostar a su terruño, ese Mercedes que ama y que considera una cuna que lo meció hasta en los momentos más difíciles. A pesar de esas responsabilidades empresarias también se sumó a otras, como la de ser parte de la Asociación Cooperadora del Hospital Blas L. Dubarry donde también cumplió algunos de sus sueños, como la creación del Hogar Ulises D’andrea que hoy alberga a muchos abuelos. Claro que no necesitaba hacerlo, pero sentía la necesidad y el deber de ciudadano para convertir intenciones o ideas en hechos tangibles. Un hombre interesante para entablar un diálogo y compartir un café. Durante esas charlas dejaba en claro su pensamiento sin buscar que compartan su opinión, pero escuchando y respetando otras visiones a quien sabía expresarlas. Inquieto, práctico y tan sencillo como resolutivo… Así fue siempre César Sanmartín, un hombre que creció e hizo crecer. De esos terrenales que engalanan el voluntariado social que cada vez escasea más y mucho menos cotiza bien en bolsa. Por eso sus hechos le han permitido trascender, aunque sin buscarlo. El balance de su vida lo puede dejar más que conforme, cuanto menos para muchos de los que somos parte de esta comunidad es un balance de un hombre que nos ha enriquecido con su impronta y su ejemplo. De esos valiosos e imprescindibles de los que hablaba Bertolt Bretch. Por eso ha sido justo y merecido el reconocimiento, porque César Sanmartín ha sido y es una pirámide en nuestro desierto.  

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