Aldo Franco

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“El desgraciado privilegio de ser combatiente en Malvinas, cambió totalmente mi vida; hoy trato de servir de otra manera a la sociedad en su conjunto. Amo mi patria y lo hago en todos los actos del quehacer diario”.

Aldo Franco 61 años, ex combatiente de Malvinas, empresario, casado con María Alejandra “Majana” Espil (55) maestra jardinera. Cinco hijos: Margarita (29) directora de arte; Teresa (27) Lic. en nutrición; Rafael (25) estudiante de administración; Juan (20) estudiante de economía y Agustín (17) estudiante secundario. Hoy nos cuenta algo sobre su vida, su familia, sus experiencias, su trabajo, sus gustos, sus cosas…

¿Tu familia?

Mis padres fueron: Filomena Oliva, “MINUCHA” que fue ama de casa y «una locomotora» de la que creo haber heredado mucho y mi padre Agustín Franco, empleado administrativo. Tengo una hermana Sandra Franco (58) Lic. en administración.

¿Dónde naciste?

En el Barrio de La Boca con nuestra casa típica de inmigrantes italianos y de clase media, con fuerza para el trabajo y el desarrollo de sus hijos. Mamá y mis “nonos” maternos fueron los que marcaron a fuego mi disciplina del trabajo y el amor al prójimo. En casa nunca sabías quién estaba a comer, ni quién se quedaba a dormir. En las fiestas de Fin de año había gente que no conocíamos, que mi mamá traía de la calle. Festejaba el cumpleaños a los chicos del barrio y organizaba el casamiento a los novios que no tenía como hacerlo. De algunos fui Padrino!!! “Minucha” era un personaje de Historieta.

¿Tus estudios?

Finalizado el secundario, ingresé a carrera militar y después logré la licenciatura en sistemas en la UB y un postgrado en el IAE sobre Dirección de PYMEs

¿Me hablás de Malvinas?

Cuando tuve 22 años y era Subteniente del Ejército Argentino y estaba destinado al Regimiento 6 de Infantería “Gral. Viamonte” en Mercedes se produjo el hecho armado la recuperación de las islas y desde aquí se comenzaron a formar distintas compañías para viajar al archipiélago, cosa que se materializó entre los días 10 y 12 de abril de aquel 1982. Viajé con muchos chicos de entre 18 y 19 años de edad.

¿Consideras que estabas preparado para ir a una guerra?

Yo creo que sí, aunque nunca se está totalmente preparado para eso y creo mis soldados a su manera también lo estaban dado su corta edad y la instrucción que recibieron el año anterior. Viajamos aproximadamente 850 efectivos y 11 héroes dejaron la vida durante el conflicto. La lucha se extendió por más de 60 durante los que solo me bañé dos veces y en los que incorporé conceptos que hoy aplico a la vida corporativa.

¿Qué es lo que hace un soldado en un pozo durante tanto tiempo?

Casi permanentemente rezar. Son momentos forjadores de la personalidad, porque el hombre siente por primera vez que no es el eje del mundo y “ser parte de un engranaje” hasta olvidarse de uno mismo. En realidad, estás en un mundo ideal: no tenés otro problema, otra prioridad que mantener el espíritu de la tropa y eso no es fácil, por el miedo que no te deja en ningún momento, porque hasta el más temerario y arrogante puede flaquear en esas condiciones, hay quienes se quiebran, que deciden pasar las horas dentro del pozo, sin salir, sin afeitarse, mientras repiten frases bastante entendible desde la lógica: «¿Por dónde vienen? Nos van a cagar a tiros».

Entonces mi gente y yo, que estábamos en el cerro “Dos Hermanas” a modo de retaguardia, pasamos a ser primera línea, por los previstos típicos de la guerra. Hubo que defenderse. Yo, que tiraba con FAL, recuerdo al Cabo 1° Juan Barroso, mendocino, contraatacar desde la formación con un mortero durante largos minutos a pesar de que un superior le había aconsejado replegarse. Eran razones técnicas atendibles: si se dispara en exceso, la boca de un mortero se vuelve incandescente y puede explotar. Pero Barroso resistió, y ese lapso les sirvió para replegarse al “Monte Tumbledown” y recobrar fuerzas.

¿Te quedó odio o rencor por lo vivido?

No, no me quedó odio. La diferencia entre un soldado y un asesino es que uno sabe que del otro lado hay alguien que tiene familia y los mismos valores que uno. Estás ahí para defenderte, defender la Patria, y pensás que no lo querés herir de muerte: lo ideal sería que el adversario se rindiese. De ahí el compendio de sensaciones encontradas el día de la capitulación, recuerdo antes que nada el silencio en toda la isla. Era sepulcral, con sabor agridulce, de derrota y, después de tanta muerte y heridos, alivio. A la bronca de todos, se sumaron reproches. En la guerra tenés un rosario de miserias humanas a izquierda y un rosario de virtudes a derecha. Siempre se habla de los defectos: yo prefiero hablar de las virtudes».

¿Tuviste participación también en la Tablada?

Si. En enero de 1989, acababa de volver de unos días de luna de miel en Brasil y decidí continuar el descanso en San Andrés de Giles, en el campo de mis suegros. Ese día me había levantado a las 5 de la mañana para pintar la pileta y por casualidad, escuché en la radio a Nelson Castro informar sobre el ataque. Sin avisar, me alisté y me dirigí al regimiento de La Tablada, donde tuve peor suerte que en Malvinas ya que una herida me dejó parálisis en una pierna, sobre la que hoy uso una prótesis. Esa lesión me valió siete años después, por una disposición del Ejército, mi retiro definitivo de la fuerza.

¿Y qué hiciste entonces?

Entonces pensé en reinventarme, como dicen ahora. Empecé repartiendo a mano cartas, revistas, participaciones de casamiento, y pasé después a los teléfonos móviles, las computadoras y los paquetes. Monté una empresa de logística “Detall” que hoy tiene 1600 empleados, muchos de los cuales son excombatientes. Tengo 75 camiones y puntos de venta en Buenos Aires, Mercedes, Córdoba, Mendoza y Tucumán. «Para mí, una empresa tiene que tener tres objetivos: ser rentable, perdurar en el tiempo y, lo más importante, cumplir un fin social, que es darle trabajo a la gente y está por sobre los otros dos». No hay nada tan importante en un negocio como la actitud. Ésa es otra lección de Malvinas.

¿Algo más?

La última empresa que armé se llama “P5” almacén virtual y con ella estoy tratando de ayudar a desarrollar a los productores que están en el corredor de la ruta 5. Soy patriota y creo que a la Argentina la tenemos que levantar con trabajo, con valores. Ayudándonos entre todos. A una de las firmas de camiones le puse de nombre Puerto Argentino. Porque los recuerdos siguen siendo nítidos.

¿Cómo pudiste con todo eso?

Empleé gran parte de esas horas en contestar cartas anónimas que me llegaban. Chicos de escuelas, adultos que mandaban golosinas, cigarrillos o mensajes de aliento a quienes peleábamos. Un camión del correo las recogía regularmente. Al volver de Malvinas tuve curiosidad por algunos de esos rostros. Me contacté con varios, los conocí, y uno en particular me llamó la atención: el de una joven con la que, años después, empecé a salir y en la actualidad es mi mujer, la madre de mi cinco hijos. “Majana” es muy tímida y seguramente no le va a gustar ver su nombre en el diario. Pero es y ha sido un pilar fundamental en mi vida.

¿Cómo dosificas tus tiempos?

Me gusta ayudar, trato de ser solidario cada vez que puedo. Por ejemplo, los jueves en el programa en vivo de Mariano Baró de la radio 95.5 FM Ciudad se realiza un sorteo, la persona gana un premio y P5 regala uno igual para compartir. Los que se me vienen a la cabeza ahora, fueron un buzo para compartir con un abuelo de un hogar de ancianos, la caja P5 para compartir con un bombero, un pack de leche Las Tres Niñas y alfajores con el Honguito y etc. Es decir, la idea es que quien gana un premio lo comparta con alguien necesitado.

La empresa P5 se creó con ese fin, ayudarnos entre todos. Al vecino para que compre a precios accesibles, al productor regional para que llegue a muchos más clientes y con los premios para ayudar a los que más lo necesitan. De eso se trata la vida. De compartir entre todos para lograr ser un poquito mejor cada día

Fuera de juego

Soy hincha de Boca

Mi plato preferido son las pastas

Tengo varios amigos y en tres voy simbolizar a los que puedo estar olvidando. “Tatá” Degiano, Daniel Pavoni, Carlos Vaccaro. Por fortuna tengo varios más.

Soy ansioso, solidario y emprendedor. De esos dones me siento orgulloso.

“Majana” es integra, sabe lo que quiere y suelo marcarle su timidez.

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